‘Hécuba’, de Eurípides

Escucha el fragmento siguiente de “Hécuba”, de Eurípides.
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Aparece el espectro de Polidoro, hijo de Hécuba, asesinado por el rey tracio Poliméstor

Aparece el espectro de Polidoro, hijo de Hécuba, asesinado por el rey tracio Poliméstor

 

Dejando la caverna de los muertos
y las puertas de la oscuridad,
en donde habita Hades, vengo yo,
Polidoro, nacido de Hécuba […]
y de Príamo, que es mi padre:
me hizo salir secretamente de Troya
para las moradas de su huésped tracio Poliméstor,
y conmigo le envió en secreto mi padre
mucho oro,
a fin de que, si un día eran derribadas las murallas de Troya,
no quedasen sus hijos en la miseria.
Mientras nuestras murallas continuaron en pie, […]
y mi hermano Héctor prosperó por su lanza,
fui creciendo ¡desdichado de mí!
junto al paterno huésped tracio,
que me criaba con mimo.
Pero cuando Troya y el alma de Héctor perecieron,
cuando fué destruido el hogar paterno, […]
el huésped paterno me mató, ¡desdichado de mí!
codiciando mi oro,
y me arrojó a los remolinos del mar
para quedarse con todo aquel oro […],
y yazgo en la ribera, […]
a merced del flujo y reflujo de las olas
sin que nadie me llore,
sin que nadie me sepulte.

Entra Hécuba ha tenido un sueño premonitorio.

Entra Hécuba ha tenido un sueño premonitorio.

Llevad ante la tienda a la anciana, ¡oh hijas mías! Sostened en su marcha a vuestra compañera de esclavitud, un día reina vuestra, ¡oh troyanas! Asid, llevad, conducid, alzad mis viejas manos. Apoyada en vuestros brazos como en un báculo, me esforzaré en acelerar el tardo paso de mis pies. ¡Oh relámpago de Zeus, oh noche oscura! ¿Por qué me han despertado los terrores y los espectros nocturnos? ¡Oh tierra venerable, madre de los sueños de alas negras! Estoy horrorizada por la visión nocturna que me trajo un sueño con respecto a mi hijo, que está escondido en Tracia, y a mi querida hija Polixena. Comprendo é interpreto esa visión terrible. ¡Oh Dioses subterráneos, proteged a mi único hijo, áncora de mi familia, que habita en la nevada Tracia bajo la tutela del huésped paterno! Algo nuevo va a ocurrir; las plañideras cantarán un canto lamentable. Jamás se ha estremecido ni temblado mi espíritu tan de continuo. ¿Dónde encontrarla yo ¡oh troyanas! el alma divina de Heleno ó de Casandra, para que me explicaran estos sueños? Porque he visto una corza tachonada, a quien se arrancaba de mis rodillas violentamente y lamentablemente, degollada por las uñas sangrientas de un lobo. Y me ha asaltado este otro terror: el espectro de Aquiles se erguía en lo alto de su túmulo, y pedía como recompensa alguna de las troyanas abru-madas de innumerables males. ¡Oh Demonios, os conjuro a que alejéis de mi hija esa desventura!

El Coro de troyanas cautivas hacen salir  a Hécuba de las tiendas del campamento aqueo.

El Coro de troyanas cautivas hacen salir a Hécuba de las tiendas del campamento aqueo.

El coro

Hécuba, a ti vengo presurosa, dejando las tiendas de mis amos, adonde me ha enviado la suerte, donde estoy de esclava desde que me arrojaron de la ciudad de Ilión que los aqueos conquistaron con la lanza.

 

 

Hécuba informa a su hija Polixena de que los aqueos han decidido sacrificarla sobre la tumba de Aquiles.

Hécuba informa a su hija Polixena de que los aqueos han decidido sacrificarla sobre la tumba de Aquiles.


Hécuba:
¡Ay, miserable de mí! ¿Qué voy a decir?
¿Qué grito, qué lamento lanzar?
¡Cuán desdichada soy en mi miserable vejez,
y reducida a una esclavitud insoportable!
¡Ay de mí! ¿Quién me defenderá?
¿Qué raza y qué ciudad?
¡Partió el anciano, partieron los hijos!
¿Adónde ir? ¿Acá ó allá? ¿Dónde iré?
[…] Ya no disfrutaré de una vida
dichosa a la luz del día. ¡Oh pies miserables!
llevadme, llevad a la anciana hacia esa tienda.
¡Oh niña, oh hija de una madre desdichadísima,
sal, sal de las moradas! ¡Escucha la voz de tu madre,
oh hija, y entérate de lo que dicen de tu alma!
 
Polixena:
¡Madre, madre! ¿Por qué gritas? ¿Qué quieres anunciarme cuando me haces salir de las moradas, asustada como un pá-jaro?

Hécuba:
¡Ay de mí, hija!

Polixena:
¿A qué obedecen esas palabras fatales? Malos preludios son para mí.

Hécuba:
¡Ay, ay de tu alma!

Polixena:
¡Habla! No me ocultes nada por más tiempo. ¡Tengo miedo, tengo miedo, madre! Pero ¿por qué gimes?

Hécuba:
¡Oh hija, hija de una madre lamentable!
Polixena:
¿Qué vas a anunciarme?
Hécuba:
Es voluntad unánime de los aqueos que te mate sobre la tumba el hijo de Aquiles.
Polixena
¡Oh madre que has sufrido tantos males crueles, oh desdi-chadísima madre de vida lamentable! ¿qué amarguísima ó inexpresable calamidad suscita todavía contra ti un Demonio? ¡Ya no te pertenece tu hija; ya no compartiré tu servidumbre ni las miserias de tu vejez! Y me verás ¡desventurada! igual a una fierecilla criada en las montañas, igual a una triste becerra, arrancada de tus manos, degollada, yendo hacia Hades, bajo la tierra negra, en donde me acostaré entre los muertos. Y es por ti por quien lloro con gemidos lamentables, ¡oh madre desdichada! ¡Y no lloro por mi vida, que no es más que opro-bio y miseria, porque morir constituye para mí una felicidad mayor!

El coro anuncia la llegada de Ulises

El coro anuncia la llegada de Ulises


El coro
He aquí a Odiseo, que viene presuroso a darte alguna noticia, Hécuba.
Odiseo:
En verdad, me parece, mujer, que sabes la decisión del ejército y el sufragio de que procede esa medida. Hablaré, sin embargo. Han creído los aqueos que tu hija Polixena debe ser degollada en la cima del túmulo de Aquiles. Nos mandan que conduzcamos a la joven virgen, y el hijo de Aqusleo presi-dirá el sacrificio y será el sacrificador. ¿Sabes lo que tienes que hacer? Pues hazlo. No des lugar a que te arrebate por fuerza a tu hija y no intentes luchar contra mí. Conozco tu debilidad y tus males. En verdad que lo prudente es amoldar el pensa-miento a las desgracias.

Hécuba:
¡Ah, ah! […] no he muerto cuando debí morir, y Zeus no me ha dado muerte, y me conserva, desdichada, a fin deque aún vea yo aumentar mis desventu-ras! Pero si es dable a las esclavas preguntar a hombres libres cosas que no aflijan ni muerdan su corazón, es preciso que respondas tras de escuchar lo que tenemos que pedirte.
Hécuba:
¿Te acuerdas de cuando fuiste de espía a Ilión, vestido con harapos y cayendo de tus ojos a tu mentón gotas de sangre?

Odiseo:
Me acuerdo, y no creas que mi corazón no se ha conmo-vido al evocarlo.

Hécuba:
Pues Helena te reconoció, y sólo me lo dijo a mí.

Odiseo:
Recuerdo que estuve en gran peligro.

Hécuba
Y abrazaste humildemente mis rodillas.

Odiseo
Por cierto que mi mano estaba casi muerta en tu peplo.

Hécuba
¿Y qué decías entonces, cuando eras mi esclavo?

Odiseo
Todas las palabras imaginables para no morir.

Hécuba
Luego, ¿no te salvé y te dejé salir de nuestra tierra?

Odiseo
Así es, ciertamente, y por eso veo todavía la luz de Helios.

Hécuba
Entonces, ¿no obras con maldad aconsejando lo que has aconsejado, ya que, después de recibir de mi lo que confiesas, me devuelves todo el mal que puedes por el bien? ¡Oh, raza ingrata la de vosotros todos, los que deseáis honores de agoretas populares! ¡Ojalá no os conociera a los que os tiene sin cuidado herir a vuestros amigos, con tal de captaros por vues-tras palabras el favor de la multitud! Pero ¿con qué vano pre-texto han decretado el exterminio de esta niña? ¿Qué les impulsa a degollar seres humanos sobre una tumba en que debieran degollarse bueyes? ¿Es que Aquileo quiere matar a los que le mataron, y en nombre de la justicia pide la muerte de esta criatura? Pero ella no le ha hecho ningún mal. Más natu-ral sería que quisiese el sacrificio de Helena sobre su tumba, pues esa fué quien le perdió al llevarle a Troya. Si es preciso que muera una cautiva que sea bella entre todas, pues ella es la primera en belleza, […] ¡y te suplico que no me arranques de las manos a mi hija, que no la ma-téis! ¡Bastantes han muerto ya! ¡Aún me alegra ella y hace que olvide yo mis desventuras! ¡Ella es mi consuelo, mi ciudad, mi nodriza, el báculo que me sirve para andar! No conviene que los poderosos abusen de su poder ni que los felices piensen que serán siempre felices. También lo era yo en otro tiempo, y ya no lo soy, […]

El coro

No es posible que haya un hombre tan inexorable que no vierta lágrimas al oír tus sollozos y tus lamentos profundos.

Odiseo

El coro
¡Ay! ¡ay! ¡qué miserable cosa es ser esclavo! ¡Cuán amargo es aguantar a la fuerza lo que no debiera soportarse!

Unos fragmentos de la representación de ‘Hécuba‘, de Eurípides, en Mérida, en 2013, por la famosa actriz Concha Velasco.

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