La sátira latina, Persio

Posición de Persio en la literatura latina

poesía épica poesía lírica poesía satírica teatro prosa
s. II a.e.c. [Ennio] [Lucilio] Plauto

Terencio

s. I a.e.c. Virgilio Catulo

Horacio

Ovidio

Propercio

[Horacio] Julio César

Cicerón

Cornelio Nepote

Salustio

Tito Livio

s. I d.e.c. Lucano Tibulo Persio

Marcial

Séneca [Séneca]

Tácito

s. II d.e.c. Juvenal Suetonio

La sátira es un género poético latino cuyo contenido es la crítica, a veces agresiva, a veces algo más amable, de personas concretas o de defectos humanos o algunas costumbres.

El autor más antiguo de sátiras, del que se conserva fragmentos de su obra (tan solo unos 1400), es Lucilio (148-102 a.e.c), uno de primeros autores de la literatura latina.

De un siglo más tarde, ya en época plenamente clásica, es Horacio (65 – 8 a.e.c.), poeta latino de primer orden (no como Lucilio, que apenas es conocido). Horacio es conocido sobre todo por otro conjunto de poemas, su libro de Odas, de contenido lírico. Pero también es autor de un libro o conjunto de poemas que denominó Sátiras.

Y hay que esperar medio siglo más para encontrarnos con el siguiente autor de sátiras, Aulo Persio Flaco (34-62 d.e.c.). Este género literario tendría continuación una generación más tarde con el poeta Décimo Junio Juvenal (60-135 d.e.c.).

Normalmente, cuando se habla del género de la sátira latina, nos estamos refiriendo a Persio y Juvenal. El precursor Lucilio es poco conocido por ser su obra demasiado fragmentaria, apenas unas citas dispersas. En cuanto a Horacio, solemos pensar en él como autor de poemas líricos, por ser sus poemas satíricos sólo una parte minoritaria de su producción y por la mayor relevancia que siempre se le ha dado a su Odas. Un autor que, si acaso, se podría añadir a la lista es el hispano Marcial, coetáneo de Persio, autor de una colección de poemas conocidos como Epigramas, y muchos de los cuales tienen contenido satírico, si bien otros son de tema erótico y de otros temas varios.

En cuanto a las características de género, tanto en contenido como en su forma, podría decirse que estas fueron ya establecidas por el precursor Lucilio y que los autores posteriores siguen su estela, repitiendo a veces los mismos temas, con mayor o menos acritud o vehemencia, según cada cual. Temas preferidos objetos de crítica son la decadencia moral de las costumbres romanas. Según estos autores, el aumento del lujo, la riqueza y el poder entre los romanos, así como la influencia negativa de pueblos extranjeros (los griegos, en concreto, según Juvenal) estaba llevando a una perdida de los valores morales y religiosos auténticamente romanos, precisamente aquellos valores que habían hecho de Roma la cabeza del mundo civilizado. En esta visión de las cosas influye mucho la filosofía estoica, de la cual Persio era un firme seguidor.

También hacen referencia al mundo de las letras y la cultura, atacando a los malos autores y oradores, por ejemplo.

Otras veces el objeto de sus críticas son vicios o defectos humanos universales, como la avaricia, la vanidad, el adulterio, la hipocresía en los cultos religiosos, la pereza… No faltan críticas de tipo político, como a la corrupción de algunos gobernantes, si bien aquí los poetas debían medir bien sus palabras por no atraerse el enojo del emperador de turno, como Nerón, bajo cuyo principado vivió Persio.

En todo ello hay algunas diferencias entre unos autores y otros: las críticas de Horacio son más amables, probablemente menos sentidas, limitándose a repetir los tópicos usuales del género, mientras que en Persio las críticas son auténticas y virulentas, por ser él un decidido seguidor de la filosofía estoica, lo que le hacía ver solo males y defectos en la sociedad de su época.

En cuanto a su forma, usa el verso denominado hexámetro dactílico (el mismo que el del género de la épica que vemos en Virgilio. s. I a.d.c.) y un latín más cercano a la lengua coloquial, que no rehuye vulgarismos e incluso vocablos obscenos, lo cual está en consonancia con el propósito del género, que es denunciar, zaherir y fustigar defectos humanos, o de la sociedad romana e incluso de personas concretas.

También en esto hay diferencias notables entre los autores: el estilo y el latín de Horacio es más clásico, más cuidado y elegante, como en el resto de su producción poética. No podemos decir lo mismo del estilo de Lucilio, que usa un latín aún un tanto arcaico, ni de Persio, cuyo estilo complicado y oscuro. Hay que decir en su favor que su temprana muerte a los 28 años le impidió quizás revisar su breve obra de solo seis poemas y pulir su estilo.

El género de la sátira tuvo bastante aceptación en la Edad Media por su carácter moralizante, sobre todo los poemas de Juvenal, de un latín más accesible. La influencia del género llega hasta Quevedo, en el llamado Siglo de Oro español.

Sátira V de Persio, versos 1 – 18.

Persio critica el lenguaje grandilocuente de los poetas sobre todo a los autores de tragedias.

Cien voces, y cien lenguas, y cien bocas es costumbre que pidan los poetas para decir sus versos, sea que hagan en las tablas gemir a la tragedia, o bien canten las heridas al arrancar de la ingle la saeta del parto.

Interviene ahora, en un diálogo fingido, el filósofo Cornuto, maestro de Persio:

«Y todo eso ¿a qué fin? ¿Cuántas hornadas de robustos versos producir intentas, que necesitas cien gargantas para tal empresa?

Sigue luego una metáfora gastronómica: mientras que los poetas trágicos y los actores cantan las historias truculentas de hijos asesinados que fueron cocinados y servidos a sus padres como venganza a ofensas anteriores (se citan los mitos referidos a Tiestes y a Procne), Cornuto aconseja a Persio que se deje de tan rebuscados y dudosos manjares y se contente con los más sencillos y vulgares alimentos de pueblo llano. Con esto aconseja dejar a un lado el estilo y lenguaje pomposo de la tragedia y utilice un lenguaje más propio del pueblo. Le aconseja que use el lenguaje de la toga, la vestimenta acostumbrada de los varones romanos: una metáfora más para aconsejar el uso de un lenguaje llano y austero, con el que condenar los vicios en la línea de la filosofía estoica.

Menciona a un famoso actor de nombre Glicón, quien, como era costumbre, hinchaba los carrillos para forzar la voz y darle un tono más grave, en consonancia con la gravedad y solemnidad del asunto tratado. Cornuto aconseja a Persio no recurrir a tales artificios, metafóricamente hablando.

Vatibus hic mos est, centum sibi poscere voces,

centum ora et linguas optare in carmina centum,

fabula seu maesto ponatur hianda tragoedo,

volnera seu Parthi ducentis ab inguine ferrum.

Cien voces, y cien lenguas, y cien bocas es costumbre que pidan los poetas para decir sus versos, sea que hagan en las tablas gemir a la tragedia, o bien canten las heridas al arrancar de la ingle la saeta del parto.

—Quorsum haec? aut quantas robusti carminis offas

ingĕris, ut par sit centeno gutture niti?

«Y todo eso ¿a qué fin? ¿Cuántas hornadas de robustos versos producir intentas, que necesitas cien gargantas para tal empresa?

grande locuturi nebulas Helicone legunto,

si quibus aut Procnes aut si quibus olla Thyestae

fervebit saepe insulso cenanda Glyconi.

Que los que quieran cantar cosas sublimes recojan en el Helicón las nieblas, cuando la olla de Tiestes o de Procne calientan para las cenas del insulso Glicón .

tu neque anhelanti, coquitur dum massa camino,

folle premis ventos nec clauso murmure raucus

nescio quid tecum grave cornicaris inepte

nec scloppo tumidas intendis rumpere buccas.

Tú, mientras que la masa se cuece en el horno, el jadeante fuelle nunca aprietas, ni retumbas croando entre tú y tú no sé qué cosa solemne, ni los carrillos hinchas hasta reventar.

verba togae sequeris iunctura callidus acri,

ore teres modico, pallentis radere mores

doctus et ingenuo culpam defigere ludo.

hinc trahe quae dicis mensasque relinque Mycenis

cum capite et pedibus plebeiaque prandia noris.’

Tú sigues el lenguaje de la toga : sencillez y osadía sabes unir, el vicio condenando con docto estilo y oracion ingenua. Prosigue así, y el hórrido banquete de cabezas y pies deja en Micenas; apégate a las comidas plebeyas».

Traducción de Jose María Vigil, revisada.

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